Que el dolor es una sensación desagradable todos lo sabemos, todos hemos sufrido golpes, esguinces, fracturas o lumbalgias que nos han dejado postrados y con esa experiencia molesta durante varios días.

 

¿Por qué es desagradable el dolor?


El dolor tiene una función de alarma, nos indica que algo va mal o que estamos ante un elemento o suceso peligroso.

El dolor tiene una clara importancia en la supervivencia del individuo, obviamente si algo es doloroso buscamos ayuda, evitamos tocarlo y dejamos de realizar la acción que desencadena la respuesta de dolor.

Es conocido que el dolor es una experiencia subjetiva sujeta a diferentes variables, como nuestra educación, nuestras experiencias pasadas, el nivel de estrés y otras muchas variables, y es en este sentido donde un nuevo estudio publicado en la revista Science “ An amygdalar neural ensemble that encodes the unpleasantness of pain” (1)   algo así como “ El núcleo neural de la amígdala que codifica el dolor como desagradable” publicado por Gregori Corder y su equipo  este mismo mes realiza un interesante avance.

 

El dolor como la unión de cuerpo y mente


Como explican algunos grandes profesionales como el Doctor Arturo Goicoechea, autores como David Butler, Lorimer Moseley o el fisioterapeuta Louis Gifford el dolor es un output cerebral que integra dos aspectos principales, por un lado las  señales que recibe de los tejidos y por otro el conocimiento acumulado en los sistemas de memoria predictiva (2). Es decir el cerebro recibe las señales a nivel de los tejidos lo “mezcla” con el conocimiento acumulado y otros factores y como resultante tenemos una señal de alarma que llamamos dolor. Pero dado que esta respuesta  se codifica en el cerebro está sujeta a lo que podríamos denominar el sistema emocional.

Aunque trabajos anteriores han descubierto mecanismos detallados que subyacen a la detección sensorial de estímulos nocivos y el procesamiento espinal de información nociceptiva. La forma en que los circuitos cerebrales transforman la información emocionalmente inerte que asciende desde la médula espinal a una percepción del dolor afectivo no está clara.

 

¿Qué se ha descubierto en referencia al procesamiento del dolor?


Los últimos descubrimientos con respecto al procesamiento del dolor arrojan un poco más de luz sobre cómo y dónde nuestro cerebro atribuye el carácter desagradable al dolor. Al parecer la amígdala tiene una gran importancia es este aspecto de atribución emocional,  sabemos que está relacionada con la codificación de valencia de la información neuronal como respuesta durante el miedo o el dolor (3) Gregori Corder y su equipo han identificado el núcleo neuronal situado en la amígdala basolateral  (BLA) que está íntimamente relacionado con la vinculación de entradas nocioceptivas con percepciones desagradables y selección de comportamiento.

Los pacientes con dolor crónico a menudo sufren alodinia, un estado patológico en el que surge una percepción desagradable intensa en respuesta a estímulos inocuos como el tacto ligero (4). En particular, el BLA muestra una mayor actividad durante el dolor crónico (5), y los estudios de imágenes de resonancia magnética funcional longitudinal en humanos y roedores muestran que la hiperactividad neural y la conectividad funcional alterada en la amígdala son paralelas a la aparición de dolor crónico, lo que sugiere que BLA podría jugar un papel crítico en la configuración de las percepciones del dolor patológico (6) (7).

Los investigadores además consiguieron intervenir en las neuronas señaladas y comprobaron que la interrupción de la actividad neural en un conjunto nociceptivo en la BLA es suficiente para reducir la dimensión afectiva de las experiencias de dolor, sin alterar su componente sensorial.

 

¿Cómo podemos aprovechar en la fisioterapia estos nuevos descubrimientos?


Si lo defienden los autores Gregori Corder et al y lo que afirma el concepto actual del dolor es cierto, sabemos que la interpretación que hagamos de las señales que llegan a nuestro cerebro desde los tejidos variarán el dolor que sentiremos, es decir, la señal de alarma que es el dolor variará su intensidad.

Esto avala la línea de trabajo de los clínicos que utilizan la educación sobre el dolor y la explicación clara de la patología al  paciente evitando el uso de nocevos (palabras y explicaciones que asustan al paciente y pueden incrementar su percepción de la gravedad del problema) y como parte importante del  proceso terapéutico.

Aún nos queda mucho por avanzar en cuanto al conocimiento del dolor en su escala afectiva, pero cada vez parece más claro que el componente emocional del mismo puede ser una línea de trabajo fundamentada y que merece la pena explorar.

 

Bibliografía:


(1) Gregori Corder et al Science 363 (6424), 276-281. (2019)

(2) D. D. Price, Science 288, 1769–1772 (2000).

(3) P. H. Janak, K. M. Tye, Nature 517, 284–292 (2015).

(4) M. Costigan, J. Scholz, C. J. Woolf, Annu. Rev. Neurosci. 32, 1–32 (2009).

(5) V. Neugebauer, Amygdala Pain Mechanisms. Handb. Exp. Pharmacol. 227, 261–284 (2015).

(6) P. C. Chang, M. V. Centeno, D. Procissi, A. Baria, A. V. Apkarian, Pain 158, 488–497 (2017).

(7) J. A. Hashmi et al., Brain 136, 2751–2768 (2013).